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Eduardo, um faro

Eduardo Pellejero es de mi familia. Su abuelo nació en Aldea Romana, igual que el mío. Dos hermanos de un total de 11. Somos familiares directos. Pero no nos conocemos personalmente. Vive en Natal, Brasil. Escribe, enseña y lleva adelante distintas proyecciones, y este blog.
Tradujo este texto chiquito, sobre algo que surgió después de ver la peli de Agnès Varda, Las playas:

E um faro

Há uma coisa que abre o filme de Agnès Varda. Diz qualquer coisa como que se cada pessoa pudesse abrir-se, deviam estar nela todas as paisagens: 'as paisagens da sua vida'. Também diz que se abrissem ela, estaria o mar.
Não sei se o diz ou se o imaginei. Não sei se era o mar, ou a praia. A praia é muito mais do que o mar, porque é o habitat do mar. Mesmo do maior dos mares. No fim de contas, as lembranças são as coisas que passaram, mais do que as coisas que acreditamos que passaram, mais do que aquilo que lembramos de tudo isso.
Se me abrissem a mim, não sei não. Haveria areia. Haveria água. Mas isso não é uma paisagem. Eu não tenho paisagem. Haveria elementos. Dispersos, espalhados, fragmentos de elementos de fragmentos de paisagens. Seguramente não haveria apenas estepe. Nem capim salgado, nem gramíneas. Seguramente haveria água, mas não de rio, nem de mar. Água de canal. Girinos bebés. Aloé, hortelã-pimenta. Quiçá maçãs, bocadinhos de chácara e aquela vez que aprendi a distinguir uma maçã granny de uma goldem, que não é o mesmo. Maçãs de natal. Um pouco de praia, mas sem areia. Um estuário cheio de barro e caranguejos. E um faro.

Y un faro



Hay una cosa que abre la película de Agnès Varda. Dice algo así como que si cada persona pudiera abrirse, deberían estar dentro de ella todos los paisajes: ´el paisaje de tu vida`. También dice que si la abrieran a ella, estaría el mar.

No se si lo dice, o si lo imaginé. No se si era el mar, o la playa. La playa es mucho más que mar, porque es el hábitat del mar. Aún del mar más grande. De última, los recuerdos son las cosas que pasaron, más lo que uno cree haber pasado, más lo que uno recuerda de todo eso.

Si me abrieran a mí, no sé. Habría arena. Habría agua. Pero eso no es un paisaje. No tengo paisaje. Habría elementos. Dispersos, desparramados, fragmentos de elementos de fragmentos de paisaje. Seguro no habría estepa sola. Ni pastos salados, ni gramíneas. Seguro habría agua, pero no de río, no de mar. Agua de canal. Mojarras. Renacuajos bebé. Aloe, menta. Tal vez manzanas, pedacitos de chacra y la vez que aprendí a distinguir una granny de una golden que no es lo mismo. Manzanas de navidad. Un poco de playa, pero sin arena. Un estuario lleno de barro y de cangrejos. Y un faro.

Tracklist para el canal de la feria


Creo que fue mi papá el que me enseñó las bondades del canal.
Primero fue el agua: los tonos verdosos y las plantas que la subyacen, cierto sonido extraño, no sé. De ahí en más nunca pude darle vuelta la cara a una planta, a una rama, y al canal.
Cuando el viento corre, suenan los eucaliptos, las cadenas de las mangas y los pájaros del alambrado. Cuando llueve, apenas un sonido bajo, difícil de escuchar.
Fuimos siempre los sábados a la tarde. Éramos chicos y todavía se veía la exuberancia de la actividad ganadera. Los ochenta fueron la mirada de los vestigios de la exuberancia. También ahí. También ahora.

Un día Fede usó el canal para entrenar. Nadaba los sábados de sol, aunque fuera invierno. En el pueblo no hay pileta climatizada y esa, era la única manera que encontraba para entrenar y poder hacer algo en los torneos bonaerenses. Tenía 16 años y se puso un traje de neoprene con patas de rana. Como un nene que cree oir todo el sonido del océano en un caracol, pudo escuchar el sonido de botellas rompiéndose contra la orilla y los gritos de los chicos que se bañan en el verano, riendo mientras esperan abajo del puente la pasada del tren.

Fede levanta los vestigios y los acomoda seriados, en la construcción de porland que dice 1969. Botellas, frascos, una ojota, ramitas, bosta de vaca. Como un buzo marino en un canal rural. Un canal de un circuito de canales. Un mapamundi de agua del río colorado.





2001 en NYC



Enseñanza compartida & trueque post crisis en Trade School

*



Bolivianos no atiendo.
Decía un comerciante del pueblo hace años, cuando los primeros, eran apenas un asomo de lo que vino después. Aún no se si la frase le fue atribuida por ese exceso mitificador pueblerino, o si existió realmente. Mucho, y muchas de esas frases aprendimos en la infancia; recordando la entonación de algún vecino conocido, o el padre del abuelo de. Pero ésta supuestamente fue dicha: `bolivianos no atiendo` con esa contundencia de quien asume, para siempre, una categoría.
En los noventa fui a la escuela secundaria. Me tocó la única división correspondiente a nuestro año que existía en el pueblo; en la que cursaba con algunos amigos que aún mantengo. En 1995 una única división egresaba del colegio y no había ningún compañero nuestro que fuese boliviano, o hijo de bolivianos. Los pocos que había, todavía no tenían hijos con la suficiente edad para ir a la secundaria, aunque, con los años supe; muchos bolivianos que ahora tienen mi edad ya vivían acá pero en el campo y la posibilidad de la escuela ni ahí que se pensaba.
Mil novecientos noventa y cinco fue uno de los mejores años que se recuerdan para el cultivo, cosecha, empaque y exportación de cebolla. Un (aún mítico?) precio de treinta dólares la bolsa, transformaba en casi Canaán al pueblo, tanto para los insipientes empacadores brasileros –con un mercosur recién estrenado-, para los entusiasmados productores locales y por supuesto, para los trabajadores golondrinas de ese momento. Nosotros terminábamos el colegio. Juntábamos la plata del viaje de egresados en un boliche de La Salada, al que íbamos cada sábado con una constancia sacra. No hablábamos de la cebolla. No hablábamos de los bolivianos. Apenas si habíamos percibido la reciente inmigración con algún brasilero rubiecito que advertíamos con gusto desde el grupo adolescente.
Diez años más tarde empecé a trabajar en el barrio la primavera. Ahí viven ahora los casi dos mil habitantes más, que engrosaron la categoría de pueblito por la de pueblo en crecimiento. La primavera, en rigor, no fue el nombre original del barrio. Se llamó, desde siempre, el barrio Matadero, porque ahí funcionó el viejo matadero municipal. El Matadero era el territorio de los paraguayos, los chilenos y la `mano de obra` recién llegada a la actividad agrícola o semi industrial. Cuando era chica, mi abuelo y yo, íbamos en su camioneta al barrio Matadero a buscar a la gente que trabajaba para él en su aserradero. Mi abuelo, que había sido trabajador golondrina, cumplió su sueño de fundar familia y aserradero. De dejar de ser cabecita y adquirir derechos de comerciante, de ciudadano. Hacía los cajones para los tomates, los ajos y los morrones de la zona y algunos otros que enviaba al valle por el ferrocarril. De una mañana tengo imágenes borrosas en la cabeza. Si busco esas imágenes solo veo manchas, grises, beige, como de tierra. Solo veo pedazos de casas de chapa de cartón, algunos árboles o tamariscos. El suelo arenoso, lo blanco brillante de su camioneta. Ese día que fuimos yo tenía creo, cinco años y era el día siguiente de la enramada. La gente dormía después de la fiesta. Me acuerdo que los habíamos ido a buscar para hacer unos trabajos. Algo importante, que no podía esperar. Me compró chocolates antes de cruzar la vía, y me dijo que nosotros; no vivíamos así en esas casitas, en esa intemperie, gracias a Perón.

Culpineño





Ser boliviano. Vivir en un pueblo de poca gente. Llegar de un lugar que nadie conoce. Llegar con la familia, llegar con los hijos. Llegar después de treinta y dos horas de viaje, un día con mucho viento. Bajar en la plaza. Conseguir un trabajo. Ir al campo. Conocer un patrón. Hacer cebolla. Escardillar, sembrar, cosechar, descolar, apilar. Correr. Aprender a financiar el cultivo. Integrarse a otros. Aprender los negocios cotidianos. Aprender de mediería y arrendamiento. Decidir.

Mandar a los hijos a la escuela. Escuchar el idioma, recordarlo, asumirlo, imitarlo. Escuchar la radio. Hacer el trámite de la precaria. Conseguir lugar en la cuadrilla. Aprender el descolado a cuchillo. Aprender a cocinar sin maíz. Ir a un supermercado. Hacer la cola del banco. Anotarse en la asignación. Aprender a usar el cajero automático. Ir a las reuniones de la escuela. Comprar la mochila a los hijos. Sacar en cuotas. Mandar un giro por correo. Conseguir finalmente la precaria. Negociar por bolsas de urea granulada. Tomar una cerveza. Hablar quechua en la intimidad de la casa. Enseñar el oficio agricultor a un hijo. Salir a dar una vuelta el domingo. Ir a la iglesia. Rezar a la virgencita de Copacabana. Participar de la cooperadora.

Para la época en que todos se van de vacaciones juntos, nosotros conducimos solos con la música altísima en el stereo de un auto impecable.
En las banquinas de las rutas hay familias enteras: un padre, una madre, un hijo.
Al borde del camino -al borde de nosotros-, canastas del color dorado llenas de dulces, panes y cereal; para comer en grupo sobre un mantel tendido. Una, dos, tres raciones.
El viento les sopla los pastos, encima. Los camiones del cereal siempre terminan en los puertos. Los proyectos de dos, siempre terminan en otra cosa, algo impensado.

Al auto me gusta manejarlo a 110, mirar por el retrovisor las partes del paisaje que va quedando al costado. Así aparece otra familia, con su picnic tendido. Esa belleza del sol,
tocando los bordes de los autos break. Las canastas, los pelos de un chico bajo, corriendo por el costado.

Lo que necesitamos
para salir a la noche
es saber que no va a haber nadie
que la calle va a estar vacía
que las luces naranjas del
alumbrado público
van a hacer un vapor intenso, fino
sobre todo lo que nos opaca


ya no vamos a ver amigos
no los tenemos más
se fueron
se fueron un día, mientras nosotros
escuchábamos la música fuerte
a todo volumen
con los pies sin medias en el piso
frío del mosaico frío
bailábamos los dos solos
estábamos en plena oscuridad
y la única luz era la de la heladera
que la dejamos abierta para que fuera nuestra
guía

miramos películas y
nos acariciamos los pies
compramos libros y nos leemos
los poemas entre nosotros

ya no nos separamos nunca

Me subo a una loma de agropiros. Desde acá puedo mirar todo y entender. Veo los canales de riego como un mapamundi. Hay cosas que me cuesta descifrar, hay cosas que tienen un color familiar. Cuando éramos más chicos, veníamos acá porque el lugar acompañaba. Ahora somos nosotros, el complemento de algo. Nos vinimos y dejamos toda la casa encendida. La pava hirviendo y las tazas al borde de la mesada.

De repente me acuerdo, pero no me importa. Qué explote todo, pienso.

De las veces que vinimos solos, nunca te sentaste del lado del pasto. Te quedás parado y gesticulás. Me distraigo con el paisaje y es como escuchar música. Mientas tanto tu boca se mueve pero no escucho las palabras, solo bla, bla, bla.

Vuelvo a pensar que desde acá puedo entender toda la poesía. No me hacen falta los libros, ni las anotaciones. Tampoco quiero tu tecnología ni tu forma de agrarrar las tazas con ese puño arremangado.

Me gusta mirar como la tierra se levanta del suelo con un viento suave. Un poeta dice que los yuyos se peinan. Yo pienso que este campito nos despeina y a la vez nos une.

Todo lo que te separa un momento, después te hace acercar. Nos abrazamos. Vos me hablás pero yo solamente escucho las hojas de los árboles. Tu boca dice bla.

Lo que el trazado del riego dejó

Ahora solo surcos